28 dólares y 12,5 centavos. Eso costó la cabaña espartana en la que Henry David Thoreau vivió dos años, dos meses y dos días entre 1845 y 1847. Aquella casa medía 13,9 metros cuadrados. Y él mismo la construyó, cerca de Massachusetts en la orilla norte del Walden Pond, donde cultivaba las legumbres de las que se alimentaba. Thoreau le puso ese nombre —Walden o la vida en los bosques— al libro en el que describió una vida básica pero plena a lo largo de las cuatro estaciones.

–No es tu amigo, te está vendiendo porquería.
Matilda fue la primera en llegar. Los ojos ávidos de mi hija esperando el primer regalo el día de cumpleaños. Había una pileta, un inflable alquilado,dulces sobre la mesa, música, y un arcoiris plástico que tiraba agua. No era una manguera en forma de arcoíris como cuando jugábamos con mi hermano en el jardín de casa porque no teníamos donde mojarnos. Que se entienda. Era un arcoiris comprado en Amazon que tiraba lluvia al pasar por debajo, conectado a una manguera.
Nada de esto sirvió.
Cuando abrió el paquete y vió un globo plástico duro y rosado transparente comenzó a gritar:
-¡La porquería! ¡La porquería! ¡Lo que más quería!
La mamá de Matilda me miró sorprendida.
Ahí fue cuando tuve que explicarle que a los videos de youtube que muestran a niños desenvolviendo juguetes los llamo los videos de porquería y no se los dejo ver.
Los youtubers infantiles están de moda. Las marcas les mandan juguetes de regalo a cambio de que los enseñen con naturalidad en sus canales.
Las marcas se aseguran, de esta manera, una llegada segura a su objetivo.
Los niños espectadores se sientan tentados a imitar a sus youtubers y quieran jugar (y muchas veces hablar) como ellos, después de todo se aprende por imitación.
Algo así como el lobo en el cuento de Caperucita Roja.
-Me está engañando?
-Si.
Porque los canales de YouTube tienen un objetivo comercial y esa publicidad está encubierta como si fuera un contenido. No es tu ídolo ni tu amigo quien te está diciendo lo que a él le gusta sino que está vendiendo productos.
Pero el error es creer que solo los niños son engañados.
Nuestro estilo de vida está basado en trabajar, ver TV o Internet para ver qué compramos y consumir… y trabajar para pagar lo que compramos, ver TV. Así funciona el mundo adulto.
El mercado -dice el economista John Kenneth Galbraith– está diseñado para darnos dosis homeopáticas de satisfacción cuyos efectos son pasajeros, porque solo así se garantiza que sigamos consumiendo.
O lo que es peor, consumimos para mostrarnos, porque nos importa la mirada de otro, para pertenecer a un grupo, por demanda externa. Instagram se come nuestras comidas, filmamos un recital en vivo, dejamos de ver quien nos habla, lo que pasa delante de nosotros. Nos enteramos de lo que hace un amigo por las redes sociales..
Thoreau dijo que “el costo de una cosa” no es cuestión de su precio, sino «la cantidad de lo que llamaré vida, que se requiere intercambiar por ella, de inmediato o a largo plazo«.
Su conexión entre el consumo, la vida buena y el aburrimiento no es nueva. Ya Sócrates, Pascal y Locke la habían notado. Quien se aburre tiende a buscar formas de entretenimiento y estas -amén de durar poco y satisfacernos pasajeramente- cuestan mucho.
La causa del consumismo no es otra que la insatisfacción con el tipo de vida que llevamos. Y el tipo de vida que llevamos está basado en consumir. Lo que equivale a decir que consumir produce insatisfacción y el aburrimiento que buscamos erradicar… consumiendo.
Y con frecuencia decimos que a los ricos no les pasa porque lo tienen todo. Pero el dinero no es el único pago requerido: el trabajo que uno debe realizar frecuentemente exige compromisos con los valores, principios y sueños individuales de uno. Exige una pérdida de independencia; incluso el empresario debe ceder a los caprichos del mercado.
La aventura entonces, en nuestro bosque es: encontrar éxito inesperado en las horas comunes. Distinguir lo necesario de lo real.
No podemos matar el tiempo sin dañar la eternidad.
Nuestra vida se desperdicia en los detalles.
Simplifica.





